“Contradicciones” Artículo de Daniel Kaplún. Sociólogo y militante de IUCM

“Los problemas de carácter ideológico y los problemas de controversia en el seno del pueblo pueden resolverse únicamente por el método democrático, por medio de la discusión, la crítica, la persuasión y educación, y no por métodos coactivos o represivos.”

 “Tratar a los camaradas como a enemigos es pasarse a la posición del enemigo.”

Del “Libro Rojo” de Mao, capítulo IV, “De las contradicciones en el seno del pueblo”

No acostumbro a escribir en caliente, ni tampoco a referirme a cuestiones de ámbito local. Pero en esta ocasión voy a violar ambas normas autoimpuestas, por dos razones que considero de peso:

Porque el suceso que me impulsa a redactar este artículo se ha producido en mi propio pueblo (cuyo nombre, no obstante, prefiero omitir) y me afecta muy personalmente.

Y porque lo considero, en cierto sentido, paradigmático de la situación que está viviendo la izquierda española en general, y la organización en la que he militado con entusiasmo y convicción profundos hasta hace algo más de un año, Izquierda Unida y su Federación madrileña en particular.

Escribo estas líneas, además, en el Día Internacional de la Paz, a propósito del cual un compañero escribió en su perfil de Facebook esta modesta oración:

“Que la Paz llegue a todos los rincones del mundo”,

lo que provocó en mí una reacción instintiva e inmediata. Le pregunté:

“¿Incluida la izquierda española?”

y él no pudo menos que darme la razón:

“Totalmente de acuerdo que hace falta paz en la izquierda española”

Sinceramente, soy bastante escéptico sobre la posibilidad de que esta paz, que yo también considero urgente e indispensable, se pueda dar a corto o medio plazo, hasta el punto de que terminé el breve diálogo escribiéndole:

“Pero será más difícil que pacificar Siria.”

Obviamente se trata de una exageración, pero quizá no lo sea tanto. Y a la luz de los hechos que han desencadenado esta nota (que me duele en el alma haber tenido que escribir), es posible que muchos lectores comprendan y compartan mi escepticismo.

Ante todo, haré un relato lo más sintético posible de esos hechos, para luego extraer de él algunas conclusiones, que considero extrapolables a ámbitos más amplios de nuestra geografía e idiosincrasia, y que son las que me han impulsado a escribir estas líneas.

Resido en una localidad de menos de 4.000 habitantes en el sur de la Comunidad de Madrid, cuyo Ayuntamiento ha estado en manos de Izquierda Unida desde 1995, con tan sólo un breve interregno de tres años entre junio de 2012 y las elecciones locales de 2015. Dicho paréntesis fue provocado por una moción de censura impulsada por el PP y apoyada por una agrupación municipal (actualmente ya disuelta) fundada por una ex concejala de IU que se separó de la organización cuando la asamblea local no se avino a sus ambiciones de encabezar la lista a las elecciones de 2011. Se trató, por lo tanto, de un caso típico de transfuguismo, aunque formal y legalmente no hubiese elementos para denunciarla, puesto que se produjo en dos legislaturas distintas.

En 2015 Izquierda Unida recuperó la alcaldía mediante un pacto con el único concejal del PSOE, puesto que había obtenido 5 concejales y le faltaba uno para la mayoría absoluta. Gracias a ese pacto, nuestro actual Alcalde asumió su cargo el 13 de junio de 2015, y el concejal socialista se incorporó al equipo de gobierno, lo que en principio garantizaba la estabilidad de la que no habíamos disfrutado en la legislatura anterior.

Como es sabido, un mes después la dirección federal de IU decidió desvincularse de la Federación de Madrid y crear una nueva organización regional en dicha Comunidad, lo que se conoce coloquialmente como la “desfederación” de IUCM. Los antiguos afiliados a IUCM fueron invitados a integrarse a esa nueva federación regional en proceso de creación (reservándose la dirección federal el derecho de admisión), pero la mayoría de la militancia madrileña rechazó la invitación, entre ellos nuestro alcalde y todo el grupo municipal del pueblo (y yo mismo, como ya expliqué en un artículo anterior).

A partir de ese momento, y sobre todo de la constitución formal de la nueva federación madrileña en abril pasado, se desencadenó lo que podríamos denominar “la guerra de las siglas” entre los “resistentes” de la “desfederada” IUCM y los “reafiliados” a la nueva IU Madrid. Una guerra que, al menos durante la presente legislatura municipal, tiene difícil solución, puesto que todos los cargos públicos de Izquierda Unida en la Comunidad de Madrid (como tal, excluidas las “convergencias” creadas al margen de la dirección regional en diversos municipios) han sido electos bajo las siglas y con el CIF de IUCM-Los Verdes y, en caso de pasarse a la nueva federación, correrían el riesgo de ser denunciados por transfuguismo (como de hecho se ha dado ya en algunos casos). En definitiva, IUCM, aunque inoperante y centrifugada en los hechos, no puede morir jurídicamente hasta 2019, so pena de poner en peligro a sus cerca de 160 concejales.

Al presentarse este complejo dilema, a finales del año pasado, nuestra asamblea local propuso para sí misma una solución salomónica, que permitiría mantener la unidad en torno a un gobierno y un programa para el municipio, más allá de las disensiones internas: considerar la decisión de reafiliarse a la nueva IU Madrid impulsada por la dirección federal o mantenerse en la antigua IUCM como una opción de carácter estrictamente personal, admitir la validez de ambas opciones, y por lo tanto seguir funcionando conjuntamente. Pero un grupo minoritario de “reafiliados” rechazó esta propuesta y creó su propia asamblea, separándose del tronco original (y por lo tanto del gobierno local), y acto seguido pasó a proclamarse como la “única representación legítima de IU”, hasta el punto de transformarse en un nuevo foco de oposición al recuperado gobierno de izquierdas que acababa de asumir.

Y la crisis estalló poco antes del verano, por la dimisión de uno de los concejales electos: corrió la lista y le tocó ocupar la plaza vacante a una integrante de la asamblea “reafiliada”, que se vio por tanto en una difícil disyuntiva:

Integrarse en el grupo municipal ya constituido el 13 de junio de 2015 (bajo la denominación IUCM-Los Verdes, que ya no se puede cambiar una vez constituido).
Pasar a ser “concejala no adscrita”, lo que la llevaría a perder derechos importantes en términos de participación en plenos y comisiones.
O no aceptar el acta y presentar su dimisión anticipada.
Ante esta disyuntiva (que le fue prolijamente explicada por el alcalde en varias entrevistas personales), la nueva concejala solicitó una reunión formal, con presencia de integrantes de la dirección de la nueva IU Madrid, para negociar una salida; reunión que le fue aceptada de inmediato pero que se fue dilatando en el tiempo (mes de agosto de por medio), y finalmente logró concretarse pocos días antes del siguiente pleno ordinario, en el que ella debía inexorablemente tomar posesión de su cargo o renunciar a él.

Participé de dicha reunión a petición expresa del alcalde, de modo que todo lo que aquí se relata es plenamente fidedigno, por vivencia directa. Podrán discutirse las razones de cada uno, pero no la veracidad del relato. En dicha reunión el alcalde le reiteró a la nueva concejala la invitación (que ya le había formulado reiteradamente antes) a integrarse como un miembro más del equipo de gobierno, con plenos derechos y total confianza, asumiendo dos concejalías delegadas que requerían una dedicación relativamente baja, teniendo en cuenta su situación laboral.

Asimismo, se descartó de antemano (así lo afirmó desde el principio uno de los dirigentes “federados” participantes) la posibilidad de que los cuatro concejales no reafiliados pasasen a ser “no adscritos” y quedase la nueva concejala como única integrante del grupo municipal de IU (obviamente, la alternativa más favorable para la nueva federación, pero inviable puesto que estos concejales se mantenían dentro de las siglas por las que habían sido electos). Quedaban, por lo tanto, las tres opciones anteriormente señaladas, y pareció (al menos así creímos entenderlo el alcalde y yo) alcanzarse un principio de acuerdo consistente en que:

La nueva concejala se integraría en el grupo municipal ya constituido.
Pero no asumiría formalmente ninguna concejalía delegada.
Aunque sí estaba dispuesta a responsabilizarse de las tareas correspondientes a las concejalías que se le habían propuesto, para las que está ampliamente capacitada.

Supuestamente este acuerdo era firme, aunque debía ser refrendado por ambas asambleas locales. Pero hete aquí que, un día antes del pleno ordinario, la nueva concejala comunica al alcalde la decisión adoptada por su asamblea de no integrarse en el grupo municipal de IUCM-Los Verdes ni colaborar con el equipo de gobierno, sino pasar al de “no adscritos” (es decir, a la oposición). Y en la misma mañana del pleno (citado para las 19 horas) la asamblea local de IU Madrid convoca una rueda de prensa para hacer pública esta decisión, con presencia nuevamente de dirigentes ya no sólo regionales sino incluso del secretario de organización federal de IU, como prueba de su pleno apoyo a la misma (y por lo tanto de la nulidad de lo previamente acordado). Y lo reitera de viva voz en una entrada en la desconexión comarcal de “Hoy por hoy” de SER Madrid Sur.

Comprometían, eso sí, su apoyo a toda medida que estuviera contenida en el programa electoral y, en general, a cualquier decisión que les pareciese adecuada y suficientemente progresista (reservándose, por lo tanto, el derecho de veto sobre las iniciativas del equipo gobernante), pero eludiendo toda implicación en el trabajo cotidiano del ayuntamiento e instituyéndose, por lo tanto, en una suerte de “comisario político” con capacidad para decidir qué podía considerarse inscrito en el programa electoral o suficientemente “progresista”. Y reivindicándose nuevamente como la “única representante legítima” de IU en el Consistorio.

La “leal oposición” del PP, que venía desde hace meses carcajeándose y sacando todo el provecho posible de estas (a mi juicio absurdas) disensiones, ante la incomprensión e indiferencia de la ciudadanía local, no desperdició la ocasión, y en el mismo pleno de toma de posesión arrinconó a la nueva concejala para que definiese su futuro inmediato (si pensaba pasar a no adscrita y cuándo lo haría), a lo que ésta respondió con un evasivo “seguramente”; tan evasivo que a día de hoy (una semana después) aún no ha pasado por registro la solicitud correspondiente.

El corolario de este doloroso episodio me parece claro: la “nueva” IU Madrid parece otorgar más importancia a la legitimidad de un nombre que a la acción política que se lleve a cabo a través de él, y a la posibilidad de incidir realmente (dentro de las limitadas competencias municipales) en la mejora de la calidad de vida de los ciudadanos. Parafraseando el segundo mandamiento bíblico, “no invocarás en vano el sagrado nombre de Izquierda Unida”.

Sólo que la aplicación de este mandamiento parece ser un tanto aleatoria: vale ahora para amenazar la estabilidad de la única alcaldía a la izquierda del PSOE en todo el Sur de la Comunidad de Madrid, pero carecía de toda importancia para configurar las fórmulas jurídicas bajo las que se formaron las variopintas “convergencias” instrumentadas en connivencia con Podemos para las elecciones municipales de 2015 (entre ellas la archiconocida y controvertida “Ahora Madrid”, actualmente en pleno proceso de descomposición, como es de pública notoriedad).

Y precisamente por fidelidad a una fórmula que nos permitiera mantener nuestra identidad como organización sin por ello obstaculizar la convergencia (según expliqué en su momento, véase mi artículo “La necesaria convergencia de la izquierda, sus opciones y dificultades”, Nueva Tribuna, 13/03/2015) http://www.nuevatribuna.es/articulo/politica/necesaria-convergencia-izquierda/20150312200838113604.html, es que se produjo toda la cadena de desavenencias que culminó en la “desfederación” de IUCM en julio de 2015.

De poco sirve invocar las “tarjetas black” y los conflictos subsiguientes (perfectamente evitables, a mi juicio, con un mínimo de sentido común de ambas partes, según explico en ese mismo artículo), la cuestión de fondo era y sigue siendo ésta.

Pero las conclusiones que extraigo de ello son aún más dolorosas:

Con estos mimbres, la ansiada (e indispensable) unidad de las clases oprimidas nunca será posible, la inflexibilidad, el nominalismo improductivo y el autoritarismo subyacente siempre terminarán por bloquearla (parafraseando el proverbio italiano “manca grandezza”)

Y sin esa unidad no es pensable ningún proceso de cambio profundo en nuestra sociedad, y menos aún en el modo de producción en el que nos hallamos inmersos y que tan cruelmente está destrozando la vida de tanta humanidad en su interminable agonía: así nunca conseguiremos darle la puntilla final que, sin embargo, la creciente desigualdad y las contradicciones internas que ella genera parece indicar que podríamos estar acariciando con los dedos.

Me he formado éticamente en el llamado “cristianismo de base” de los 60, y políticamente en el marxismo revolucionario latinoamericano de los 70: me paso por el arco del triunfo los diez mandamientos (sólo reconozco el mandato evangélico de que “os améis los unos a los otros…” o, en su traducción paulina “ama y haz lo que quieras”); y siempre he tenido clara la diferencia entre la contradicción principal y las contradicciones en el seno del pueblo (de donde las citas de Mao que encabezan este trabajo).

Y estoy firmemente convencido de que estamos perdiendo de vista al enemigo principal (para su enorme regocijo) para enredarnos en interminables rencillas internas que no interesan más que a nosotros mismos y no hacen más que perjudicar a la causa que pretendemos defender. Y entre tanto el paro, los salarios de miseria, los contratos basura, los desahucios, el hambre, la falta de cobertura de necesidades básicas, los recortes en servicios públicos esenciales… siguen campando a sus anchas en nuestro pobre país sin que acertemos a hacer nada positivo para remediarlo.

Allá cada cual con sus opciones, yo seguiré calladamente “metiendo el hombro” para “alzar ese paraje que no hallo” que tan sencillamente definiera Washington Benavides en la letra de la canción de Viglietti que para mí constituye una razón de vida:

“Ese lugar si es que existe

Tendrá que ser como un playo

Donde se nivelen todos

La misma tierra pisando”

Si otros prefieren destruir en lugar de construir, es su responsabilidad, pero no cuenten conmigo para eso; para construir, en cambio, siempre estaré disponible.

Daniel Kaplún Hirsz

Sociólogo y militante de IUCM-Casarrubuelos

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